martes, 25 de diciembre de 2007

Ojos grises

Despertó la mañana luminosa y la niña de los ojos grises la reconoció. Era la misma luz de la infancia, de las calles desiertas, del frío colándose por las rendijas del alma, de los juegos a la hora de la siesta, de las resacas de risas y amigos, de soledades tras un te quiero nunca dicho, de quehaceres postergados, de desiertos amarillentos, de poemas aprendidos, de todo...de nada...

La niña de los ojos grises tenía el alma gastada de tanto usarla, y las manos abiertas dispuestas para vivir, y un suspiro de ansiedad siempre saliéndose del pecho, siempre corriendo, siempre soñando, con todo... con nada...

Despertó la mañana y la niña abrió sus ojos grises a la luz, y limpió su alma, perfumó su cuerpo, se puso su mejor vestido de puntillas y de flores, prendió en su pelo su mejor lazo rosa y sonrió, pues supo que hoy también habría un charco donde meter sus pequeños pies, y una calle vacía que recorrer cantando bajito, y un último minuto para el amor. Hoy seguro que sopla el viento.

Y la niña de los ojos grises amaba el viento.