lunes, 18 de mayo de 2009

Olores y colores

En Francisco Silvela esquina Ferrer del Río hay una cafetería/horno de pan y bollos, que siempre tiene la puerta abierta, haga frío o calor. Los días en que la Rucia y yo vamos juntas a trabajar, pasamos delante de su puerta muy tempranito, y un rico olor a croissant recién hecho nos espera siempre en esa esquina. E invariablemente, siempre, siempre -y hoy no podía ser menos- al tiempo que el rico aroma impregna mis sentidos, el recuerdo de Buenos Aires estalla en todo el centro de mis nostalgias. No sé por qué, pero es así. Y sigo pedaleando, haciendo recuento de olores y colores, y pensando con que facilidad me abordan y me asaltan, cual piratas al acecho, provocando añoranzas y removiendo sentidos.

Y no sé si es que los (mis) sentidos aprovechan cualquier pretexto, por banal que sea, para movilizarse en un, quizás, desesperado intento por esquivar una batalla contra la artrosis espiritual, o es que está abierto el baúl de los recuerdos, presto no para que éstos me asalten al menor descuido, sino para ser llenado con nuevas fotografías y nuevas sensaciones y nuevas certezas y nuevos lugares donde sentir algo parecido a la quietud, que para mí es lo mismo que saber que en ese rincón yo podría ser feliz.

Y así continúo el resto del camino: se ha abierto la caja de los truenos, y el mar me viene reflejado en una línea de plata que ayer el sol dibujó sobre el lago del Retiro... el mar... cuantos veranos adolescentes, cuanta infancia de inocencia y arena; pego mi nariz a la tela pintada de elefantes que cubre el sofá, y Jaisalmer me ahoga en su calor y en su olor... tantos colores tiñendo un trocito de desierto... una vaca cotillea el interior de una casa mientras una niña vestida de princesa sonríe asomada a la ventana... y sigo pedaleando a golpe de recuerdos, pensando lo pequeño que se ve el mundo si cierro los ojos y qué grandes y profundas son sus nostalgias... tres pedaladas más, bordeo el faro del fin del mundo y pongo los pies sobre el asfalto... fin del primer asalto.

Y durante todo el camino, el timbre de la Rucia tintinea como una campanita cada vez que pisa algún bache (es decir, que tintinea continuamente), y yo sonrío, pensando lo entretenidas que hemos ido todo el rato, yo añorando y ella cantando.

jueves, 7 de mayo de 2009

Chiqui Charly (homenaje)

Charly es un mono muy parecido al de la imagen, sólo que con un manojillo de pelos de punta, un plátano agarrado en la cola y una camiseta muy pequeña para su descomunal tripa donde se lee Chiqui Charly.

A Charly le gusta el viento, y recorrer Madrid agarrado al manillar de La Rucia. Hasta pone cara de velocidad. Cuando lleva varios días sin salir de casa (lo que ocurre a menudo) protesta.

El martes a las 7 a.m. ahí estábamos los tres, disfrutando de esta explosión de primavera. Ocho kilómetros y cuarenta minutos después (La Rucia no tenía ninguna prisa por llegar a su destino, y yo tampoco) me paré en seco... Charly no estaba... en algún bache del camino sus manitas se habían soltado del manillar... y yo no me dí cuenta. Tuve ganas de llorar. Luego pensé que algún niño hoy sería un poquito más feliz. Pero seguí teniendo ganas de llorar. Los cien metros que restaban para llegar a la oficina los hicimos en silencio, con una rodada pesada y lenta, como un invierno de paraguas grises.