martes, 28 de septiembre de 2010

La vida de las ventanas

...
La niña de los ojos grises detiene sus pasos a cada rato, mirando ventanas que no dicen nada, y le asalta el deseo de pintarles vidas inventadas, con trazos y colores imperfectos, todos distintos, todos nuevos, uno brillante para cada momento.

Aún no ha amanecido, y las ventanas son doradas con color a mesilla de noche y despertador, y blancas con olor a café recién hecho, y se encienden y se apagan al compás del taconeo sobre el suelo, con un tintineo de llaves y campanillas. Poco a poco se tornan en grises, con cortinas cerradas ocultando oscuros secretos, y  persianas celosas de intimidad.

Hay ventanas color fluorescente, ventanas de ordenador y bostezo, de archivo y teléfono, con estalactitas de aire acondicionado y risas contenidas para una mejor ocasión. Ventanas rugosas de dos por dos cuatro, cuatro por cuatro dieciséis, con churretes de plastilina y  lapicero, con miradas suspendidas en el cristal y en los pensamientos... fuera de aquí... el sol...

El vapor de la olla y el horno dejan humedades donde perfilar un corazón con la punta del dedo, y alguien espera que suene la puerta mientras descorcha un vino y dibuja una sonrisa tras la ventana. Y vendrá la tarde somnolienta, con ventanas opacas pobladas de silencio, y la vida se suspende  mientras suena bajito el televisor.

Hay ventanas oscuras con destellos de luces intermitentes, con palomitas y pies sobre el sofá. Ventanas blancas de prolongada jornada,  mientras una luz pequeñita y dorada espera ansiosa al otro lado de la ciudad.
Hay ventanas de colores girando por el techo de la habitación, mientras el garfio del capitán araña las paredes, y campanilla revolotea traviesa dejando una estela de purpurina dorada sobre la manta y el oso de peluche con un solo ojo.
Hay ventanas negras abiertas a la oscuridad, y cortinas que bailan con el viento, y una mano rápida y fría cerrando la noche.
Hay ventanas pálidas de libros insomnes y encarna de noche, de suspiros suspendidos en la almohada y manos que acarician el otro lado de la cama, y se posan sin ruido en el vacío de las sábanas.

Hay ventanas con una llama pequeña y cálida
con olor a incienso y a jazmín
mientras unos dedos temblorosos y urgentes
destrenzan la duda y el deseo,
y acarician la curva de un cuello.

Hay ventanas que se apagan con el soplido de un beso.
...ssshhh...
...