jueves, 30 de junio de 2011

Cierra...

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la niña de los ojos grises pensó que era un buen momento para sentarse debajo de un árbol, un árbol de sombra grande y fresca, al borde de algún río medio pequeño y medio en penumbra, en esa hora de la tarde en que el calor empieza a calmarse y una ligera brisa llena el aire del ruido de las hojas al moverse. A la niña de los ojos grises se le estaba volviendo verde la mirada, a fuerza de mares y de soles, y pensó que le gustaría escribirle un cuento al niño que tanto amó...

.....contarle que no hay tiempo para las lágrimas, porque el sol ya pasó su  mediodía... decirle que no existen los dragones, pero sí  princesas de largas trenzas y altas torres buscando ranas para besar... pedirle que busque la belleza y la risa y cerrarle con una caricia la tristeza de sus ojos y soplarle la ira que le está agotando la piel....rogarle silencio, decirle que los labios se agrietan cuando no besan, que los labios se rompen cuando gritan... que la piel se seca a falta de caricias... que el sol ya pasó del mediodía...

la niña de los ojos grises un poco verdes ansiaba detenerse, parar el recuerdo, frenar los futuros, cerrar los ojos y sentir el sol ardiendo sobre su piel, y oír murmullos de mares y de ríos y de árboles y de niños jugando a hacer castillos de arena y sal...

....cerrar los ojos.... y cerrar.
...

viernes, 24 de junio de 2011

Caricias...

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que se derraman despacio
dulcemente
cerrando la noche con sabor a sal
y olor a mar
caricias que empiezan y acaban
que encienden y apagan deseos
caricias de aire
caricias antiguas del alma
caricias para el recuerdo
caricias para el olvido
mientras un beso suave se para en mi cuello
pidiendo permiso
para encender la noche...

... y la enciendo...
....

domingo, 19 de junio de 2011

Cái

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La Rucia descansa en su rincón de la mansión de las flores, y el rastafari reclama un poco de atención, y asfalto en sus cuatro ruedas. Amanezco antes que el sol y enfilamos rumbo al sur, la música alta, más alta que mi voz a pleno pulmón, y las ocho horas que separan el foro del paraíso se pasan en ocho suspiros y ya estamos aquí, risa en mano y el alma cantarina.

Uno nunca sabe cuánto añora algo hasta que no llora al verlo de nuevo. A la vuelta de una curva, el mar, inmenso sobre un desierto de arena, y freno la marcha mientras mis ojos se llenan de lágrimas. Un acelerón más y llegamos a destino, donde me esperan brazos abiertos que acogen dando saltos de alegría, ladridos de perros que no recuerdan a la recién llegada pero que celebran igualmente una más que posible caricia y palmaditas en el lomo.

Ya estoy aquí, en este paraíso sin ventanas, la morada del viento, donde se juntan el mar, el cielo inmenso, un desierto de arena salpicado de jazmines.

Y estoy en paz. En lucha constante con mis demonios, los reales y los inventados, pero en paz. Dejando que las horas pasen, que el Sol se ponga con un acompañamiento de aplausos, mirando -y admirando- la noche estrellada, sin luna a la vista.

En este rincón del mundo, donde da la vuelta el viento, siento que podría ser feliz, mientras el alma se calma y las ansiedades se colocan en su sitio y me dispongo a quemar las naves, hasta sus últimas consecuencias, mientras espero que llegue la noche mágica, la más corta del año, la que tantas veces -hace tantas vidas- celebré. Y me desordeno sin concesiones a la culpa o al reproche, mientras busco papel en blanco donde anotar cosas para quemar, donde echar al mar deseos callados para las próximas doce lunas.

Ya estoy aquí, en la morada de los vientos, donde la noche se despliega con olor a damas y galanes, los de verdad y los de mentira, perfumando con un dulzor empalagoso el camino de vuelta a casa, entre risas y cráteres de piedra, y se cierra el día con besos sonoros de amistades antiguas...

y cierro los ojos y me entrego al sueño...
y a los sueños...

... me entrego....
...

domingo, 12 de junio de 2011

gato negro

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están tocando las campanas sobre los tejados de Madrid, mientras un sol grande, con olor a verano, va buscando su lecho sobre las montañas que se perfilan allí, en el horizonte, entre la maceta de flores de la esquina derecha y la cruz de hierro sobre la torre del viejo ayuntamiento. Empiezan las golondrinas  a hacer su aparición, puntualmente fieles al atardecer, y bailan para nosotros su milenaria danza, jugando entre los tejados al "tú la llevas", "un dos tres al escondite inglés"...

y me asalta, de nuevo, esa sensación tan antigua y repetida: un vacío, una quietud, un olor a tiempo acabado, a tiempo eterno, el murmullo de patios recién regados, risas infantiles a la hora de la siesta, noches oscuras de verano con rumor de grillos y luciérnagas, zapatos de charol taconeando el empedrado de la plaza... cae la tarde sobre los tejados rojos del viejo Madrid, y el tiempo se detiene en esa misma eternidad, y sé que estuve allí, que podría quedarme quieta asomada entre los barrotes del balcón, mirando el juego de las golondrinas mientras el sol se pone en la línea del fondo, y se posa con la misma suavidad que mis sueños, derramando deseos sobre cúpulas verdes...

yo sé que estuve aquí, danzando entre verbenas y campanas, asomándome a otras noches quietas de suspiros y latidos... yo sé que volveré para quedarme, contemplando cómo se encienden las luces, blanco sobre negro, vigilando la línea donde hoy duerme mi deseo, como un gato negro, quieto, eternamente alerta haciendo equilibrios sobre el alféizar... yo sé que siempre buscaré una palabra para ese momento, mientras se me para el aire, y cierro los ojos, y me dejo arrullar por las olas...
...detrás de ese tejado...
... el mar...
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